Natividad del Señor (25 de diciembre)
El Hecho Histórico del Verbo: La Natividad es el evento que divide el calendario y la conciencia humana. Históricamente, la afirmación de que «el Verbo se hizo carne» supuso un escándalo para la filosofía pagana y una revolución para el pensamiento judío. Dios no solo interviene en la historia, sino que se hace historia. El nacimiento en Belén es la ratificación de la bondad de la materia y de la dignidad intrínseca de toda vida humana.
Hagiografía de la Infancia Espiritual: La devoción al Niño Jesús ha sido el motor de grandes santos, desde San Francisco de Asís hasta Santa Teresita de Lisieux. Este enfoque subraya que el camino de la santidad es un camino de pequeñez y confianza. La Natividad nos invita a desaprender la autosuficiencia del mundo para abrazar la dependencia filial respecto al Padre, uniendo la majestad divina con la fragilidad del recién nacido.
Sinergia y Libertad Humana: Una de las cuestiones teológicas más profundas de la Navidad es la cooperación humana en la obra de la salvación. María, con su fiat, representa la libertad humana respondiendo al don divino. La teología de la gracia enseña que Dios no se impone; Él espera el «sí» del hombre. La salvación es, por tanto, un acto sinérgico donde la omnipotencia divina y la voluntad humana se encuentran.
La Máxima de la Responsabilidad: La frase de San Agustín que corona esta solemnidad resume el drama de la libertad cristiana. Dios, que nos otorgó la existencia por puro amor y sin nuestro concurso, ha decidido que nuestra plenitud eterna sí requiera nuestra colaboración voluntaria. La Navidad es el recordatorio de que el regalo de Dios está ahí, pero debe ser acogido por cada uno de nosotros.
“Aquel que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.


