Santo Tomas Becket (29 de diciembre)
La Parábola del Canciller y la Cruz: El Amigo que eligió al Rey Eterno
Había una vez un hombre que caminaba a la derecha del rey más poderoso de la tierra. Tomás era el espejo donde Enrique II se miraba, compartiendo banquetes, cacerías y secretos. Pero cuando el Rey quiso que Tomás fuera el guardián de su Iglesia, sucedió lo inesperado: al recibir el báculo, el hombre de mundo comprendió que no se puede servir a dos señores, y que la púrpura del canciller pesaba menos que la cruz del obispo.
La parábola de Becket es la del hombre que redescubre su brújula en medio de la gloria. Su vida se volvió una piedra en el zapato del poder; prefirió el exilio y la incomprensión antes que entregar las llaves del templo a los caprichos de la corte. Su muerte bajo las bóvedas de Canterbury no fue un final, sino la última lección de una parábola sobre la lealtad: el verdadero amigo es aquel que te dice la verdad, aunque te duela.
El martirio de Tomás nos enseña que la integridad es un fuego que consume las amistades de conveniencia para forjar lazos eternos. Su vida es la parábola del grano de trigo que cae en el suelo de la catedral para dar fruto en la libertad de las almas. Nos recuerda que, al final del día, solo rendiremos cuentas ante el Rey que no lleva corona de oro, sino de espinas.
Sobre la frase del día: Esta parábola nos enseña que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de la justicia en nuestra conciencia. Ser fiel a la verdad es el único camino que, aunque difícil, nos permite dormir con el alma tranquila.
«No soy un traidor, sino un sacerdote de Dios.»

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